Esta vez llegaron como imágenes: recuerdos en los que aparecían algunas de las personas más importantes para mí.
Todo se reproducía como un video y, sobre cada imagen, aparecía una palabra, una emoción o un sentimiento: equilibrio, calma, sosiego, refugio. Estas palabras llegaban acompañadas de imágenes de mis amigos, sin importar cuánto tiempo hubiera pasado desde la última vez que nos vimos.
Después llegaron imágenes de relaciones de pareja. También estaban acompañadas de una frase o una palabra, pero esta vez tenían un peso diferente: cumplir estándares, cumplir expectativas.
Estas dos expresiones fueron muy reveladoras porque sentí que algunas de esas relaciones habían surgido de un comentario o de una idea de alguien más. En mi mente sonaba así: «Tu novia tiene que ser bonita porque es lo que se espera de ti». Y otra idea, más sutil, pero igual de fuerte: «Mi pareja tiene que tener determinadas características porque, si no, me van a dar chucho» —así decimos en Cuba cuando queremos decir que se van a burlar de nosotros—.
Es increíble todo lo que salió cuando comenzaron a aparecer las imágenes relacionadas con mis parejas. Pero, volviendo a lo que se mostró, siguieron apareciendo palabras y frases: carencia afectiva, poner un parche, distraerte, demostrar cariño, aventura, sentir cariño, baja autoestima, ser recíproco.
Sí, alguna que otra relación comenzó desde la “reciprocidad”: desde el deseo de devolver el cariño que me enviaba otra persona. Como en aquel tiempo era prácticamente un analfabeto emocional, lo que hice fue empezar una relación porque la forma de demostrar cariño que había aprendido era a través de la presencia.
Además, en aquel momento, si una mujer quería estar contigo y no tenía «el guante mojado» —es decir, no era “fea de cara”— y tú no estabas con nadie, pues empezabas una relación y punto.
Cada imagen, junto con su frase, hacía un resumen del pilar sobre el que se había sostenido cada relación.

Después llegaron otras respuestas muy potentes. Respuestas a esas preguntas que uno evita hacer porque sabes que lo que escuches te pueden virar al revés.
Esas respuestas también llegaron porque la sesión que me hice a mí mismo comenzó con una intención clara y una pregunta sincera. Y cuando eso pasa, la energía se mueve, se muestra y encuentra la forma de entregarte lo que estás buscando.
Entonces comenzaron a aparecer imágenes de familiares. Puede que no me gustara la combinación de imagen y frase, pero entendí que, si dolía, era porque para mí era importante. Tanto, que llegaba a vulnerarme a mí mismo por mantener un vínculo.
Apareció: necesidad de aprobación, el deseo de encajar, de pertenecer y de ser visto. Pero también aparecieron la compasión, el amor y cuidados.
Sí, fue intenso. Fue una sesión de agua y fuego: emociones, transformación e integración.
Hoy siento que, gracias a haber podido ver todo eso, soy más consciente y reconozco desde dónde me relaciono: si lo hago desde una carencia o desde mi autenticidad.
Hoy puedo decir: «Tengo ganas de ver a X persona», pero también sé por qué quiero verla.

