Hola, soy
José Luis Corredera
Hay momentos en los que, aunque todo parece estar en orden, algo dentro de ti cuestiona el camino.
Sabes que eres bueno en lo que haces. Sabes que has construido cosas importantes.
Y aun así, aparece una sensación incómoda, difícil de explicar: como si una parte de ti estuviera esperando ser escuchada.
Eso me ocurrió a mí.
Donde todo empezó
Nací en Guanabacoa, La Habana, Cuba. Mi pueblo es conocido como “La Cuna de la Cultura Afro-cubana”.
Crecí escuchando hablar de orishas, ancestros, prácticas espirituales y energía. Esto siempre me llamó la atención. Para mí era como un juego ir reconociendo, en una casa o en la forma de vestir y hablar de las personas, símbolos y frases que tenían un significado dentro de las tradiciones afro-cubanas, un significado más allá de lo obvio.
Detrás de muchas cosas aparentemente simples, siempre había algo más.
Había momentos en los que simplemente cambiaba el humor. Me encerraba. No quería hablar con nadie. Y sentía una presión enorme por dentro.
Con el tiempo aprendí a esconderlo.
Porque lo que escuchaba alrededor era siempre lo mismo:
“Los hombres no lloran.”
“Vete de aquí hasta que se te pase eso.”
Así que hice lo que hacemos muchos cuando no sabemos cómo gestionar algo que sentimos:
Me adapté.
Me callé.
Y empecé a rechazar esa parte de mí.
Lo que no entendía
De niño me pasaba algo que en aquel momento no sabía explicar.
A veces cuando estaba reunida la familia me invadían emociones muy intensas. De repente me sentía triste, enfadado o con ganas de llorar sin entender por qué.
Cuando los adultos me preguntaban si me pasaba algo, yo siempre respondía que no. No porque quisiera ocultarlo, sino porque yo mismo no sabía qué me estaba ocurriendo.
Pero
Mirando mi historia con perspectiva hoy veo algo curioso.
Desde muy pequeño había dos cosas que me ocurrían al mismo tiempo:
Sentía mucho.
Y observaba mucho.
Siempre estaba tratando de entender qué había detrás de lo que veía o de lo que sentía.
Sin darme cuenta, empecé a hacer algo que marcaría toda mi vida:
Interpretar
A los 15 años me gustaban muchísimo los videojuegos y, por otro lado, quería saber cómo era posible que, cuando yo tocaba un botón, en la pantalla el personaje respondiera de una forma específica.
Esa curiosidad me llevó a estudiar programación desde 2007, en bachillerato, hasta 2016, cuando me gradué como Ingeniero en la Universidad de las Ciencias Informáticas.
El cambio de rumbo
A finales de 2016 estaba trabajando como programador, a la vez que ofrecía experiencias turísticas en Airbnb a personas que querían conocer la cultura afro-cubana.
Lo que empezó como una actividad para generar ingresos extra terminó convirtiéndose en Beyond Roots, una empresa enfocada en promover la cultura afro‑cubana.
Dejé mi trabajo como programador para dedicarme completamente a gestionar la logística de mi emprendimiento.
En 2018 empecé a mirar mi vida con cierta distancia.
Tenía un título universitario, mi emprendimiento estaba creciendo. Socialmente parecía que estaba teniendo éxito.
Pero por dentro la sensación era distinta.
Mi trabajo me gustaba pero simplemente llegó un momento en el que dejó de entusiasmarme. Me daba igual ir a trabajar o no.
Y eso empezó a inquietarme.
Durante años había pensado que programar era mi camino. Que eso era lo que me definía.
Pero ya no estaba programando.
Mientras muchos de mis amigos trabajaban como desarrolladores, yo estaba organizando rutas, coordinando logística, entrenando guías y resolviendo problemas de un negocio que había crecido casi sin darme cuenta.
Y entonces apareció una sensación difícil de explicar.
No sabía muy bien qué era yo.
No era programador, al menos no en la práctica. Pero tampoco me sentía empresario. Ni siquiera sabía si quería serlo. Era como si estuviera viviendo una vida que funcionaba… pero que no terminaba de sentirse mía.
Esa incomodidad fue creciendo poco a poco.
Hasta que las preguntas aparecieron solas:
¿Estoy perdiendo mi tiempo?
¿En qué me estoy convirtiendo realmente?
¿Qué estoy haciendo con mi vida?
La búsqueda
En 2019 me inicié en la Regla de Osha (una religión afro-cubana) intentando encontrar respuestas y aprendí algo importante: mi búsqueda no era solo religiosa. Era espiritual y personal.
El yoga
El masaje
El cuerpo tiene memoria, y no toda contracción muscular es física; a veces es emoción contenida.
El Reiki cuántico
Aquello que de niño parecía un problema no era un defecto.
Era sensibilidad.
Aprendí
Que algunas personas percibimos emociones con mucha intensidad.
A veces incluso emociones que no son nuestras.
Las sentimos en el cuerpo.
Y cuando no sabemos cómo gestionarlas hacemos lo mismo que hice yo de pequeño:
Callarlas.
Reprimirlas.
Adaptarnos.
Pero las emociones que se reprimen no desaparecen.
Se quedan en el cuerpo.
Se quedan en la mente.
Y tarde o temprano buscan una forma de mostrarse.
A veces como tensión muscular que no se va.
A veces como reacciones impulsivas que después no entendemos.
A veces como situaciones que parecen repetirse una y otra vez.
No porque tengamos algún defecto. Sino porque hay algo dentro que todavía no ha sido escuchado.
Entonces
Llegó el momento del click
No fue un momento místico.
Fue incómodo.
Fue crudo.
Fue el momento en el que tuve que detenerme y admitir algo que llevaba tiempo evitando.
Había hecho muchas cosas.
Había aprendido mucho.
Había construido diferentes versiones de mí.
Pero aun así algo no terminaba de encajar. Y apareció la pregunta más incómoda de todas:
¿Quién soy realmente en medio de todo esto?
Durante un tiempo sentí que me había perdido. Pero al mirar mi historia con más calma entendí algo que cambió completamente mi forma de verla.
Había estado utilizando distintos caminos para hacer lo mismo.
La religión me enseñó a leer símbolos.
La programación me enseñó a leer códigos.
Mi emprendimiento me enseñó a crear y leer estructuras.
El masaje me enseñó a leer el cuerpo.
El Reiki me enseñó a leer la energía.
Siempre había estado haciendo lo mismo, aunque todavía no lo sabía:
Interpretar.
Conectar.
Ordenar.
Nunca perdí el tiempo.
Estaba entrenando mi capacidad de unir lo que parecía disperso.
Y entendí algo aún más importante:
Las personas no son el problema
Están desconectadas.
- Se adaptan.
- Se callan.
- Se fragmentan para encajar.
- Y esa fragmentación genera confusión.
- Bloqueo.
- Desorientación.
No por falta de capacidad, sino por falta de conexión.
Así surge Susurro del Ser
No como una terapia más. Sino como el método que nació de mi propio proceso.
- Interpretar lo que sientes.
- Conectarlo.
- Y transformar confusión en claridad.
Durante muchos años intenté entenderme buscando fuera.
Probé distintos caminos, distintas disciplinas, distintas formas de explicar lo que me pasaba. Pero mirando mi historia con perspectiva entendí algo mucho más simple.
Ese niño que sentía demasiado no tenía un problema.
Solo necesitaba aprender a escucharse.
Y eso es lo que hoy hago en cada sesión.
Acompañarte a detenerte, escuchar lo que sientes y liberar emociones bloqueadas para que vuelvas a sentir claridad y calma.
Yo busqué en muchos lugares diferentes para entenderme.
Hoy no tienes que hacer lo mismo.
Me tienes aqui.
Me llamo
José Luis Corredera
Y acompaño a personas a escuchar y liberar emociones bloqueadas que se quedan en el cuerpo y terminan afectando su claridad y bienestar.